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¿Más infraestructura? ¡Mejor infraestructura!
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Mantener, reparar, renovar… la nueva consigna

En los próximos 20 años América Latina no sólo necesitará construir más infraestructura. También deberá preocuparse de mantener la existente, prolongar su vida útil, renovarla y optimizar al máximo su capacidad. La batalla para reducir la brecha con otras regiones.

|   Por Élida Bustos   |

No basta que la represa sea grande. Las líneas de transmisión conectadas a ella tienen que estar bien mantenidas para que la electricidad que distribuyen llegue a los hogares y a las fábricas sin interrupciones. Y las carreteras tienen que recibir el mantenimiento adecuado porque sino en pocos años el deterioro no se podrá frenar y habrá que hacerlas de nuevo.

Este enfoque, que considera no sólo la construcción de nuevas obras de infraestructura sino su mantenimiento, la forma de prolongar su vida útil y que realmente sirvan para mejorar la calidad de vida de la gente, es la nueva visión que están poniendo en práctica los organismos multilaterales de crédito.

“Cada vez más vemos a la infraestructura como un vector de inclusión social, como algo clave para la calidad de vida de la gente”, dice a Latin Trade Tomás Serebrisky, asesor económico del Departamento de Infraestructura y Medio Ambiente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). “Lo que nos importa es, por ejemplo, en el caso de la electricidad que una persona, un hogar, tenga conexión, reciba electricidad 24 horas por día con la adecuada tensión y a una tarifa asequible, no tanto cuántas líneas de alto voltaje construimos”, explica el especialista. “Tratamos de enfocarnos menos en las obras y más en los servicios”.

Esta nueva visión de la infraestructura incorpora como pilares fundamentales la sostenibilidad ambiental, social y fiscal, y reconoce que es necesario un enfoque multisectorial que permita aprovechar las sinergias entre los distintos sectores de infraestructura.

En el mismo sentido se expresa Gabriel Goldschmidt, Director para Infraestructura en América Latina y el Caribe en la Corporación Financiera Internacional, una entidad del Banco Mundial. “Se necesita más inversión que obra”, dice. “La obra se limita a construir y la experiencia muestra que a veces crear algo es lo que hace falta y otras veces es mucho más útil o eficiente reparar lo que ya existe”.

Golschmidt reconoce que esta nueva línea de pensamiento puede resultar menos atractiva para los gobiernos que la concepción tradicional de “hacer obras”: en las reparaciones no hay corte de cintas y las tareas de mantenimiento o modernización no suelen ganar titulares en los diarios, pero cumplen un papel fundamental en el fortalecimiento de la infraestructura de un país.

“Es menos atractivo y menos visible reparar las turbinas para prolongar la vida útil de una obra hidroeléctrica que cortar una cinta (de inauguración), algo que es más visible para todos”, resume.

Pero a veces no hay que construir mas capacidad sino poner más recursos en optimizar lo que se tiene y se pueden obtener enormes ganancias de producción si se invierte en mantenimiento.

Serebrisky coincide en que “la infraestructura hay que mirarla desde el punto de vista del ciclo de vida. No es solo la obra, tenemos que cambiar el foco hacia el mantenimiento óptimo”, dice.

Y lo explica de manera muy simple. Si en una carretera el mantenimiento preventivo cuesta, figurativamente, 10 pesos por año y no se lo hace, al tercer año no se necesitarán 30 pesos para ponerlo a punto sino 500 porque la depreciación no es lineal. Ya el desgaste llegó a tal nivel que la reparación será imposible y habrá que construir una nueva carretera.

La consultora internacional McKinsey elaboró un informe en 2013 titulado “Infrastructure productivity: how to save $1 trillion a year”, donde aborda precisamente este tema a nivel global.

En el campo de la electricidad por ejemplo, lo que se puede optimizar es mucho. Las pérdidas que se producen en la distribución eléctrica, es decir, desde que la energía sale de la planta hasta que llega al consumidor final, en los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Europeo (OCDE) se ubica entre el 6 y el 8 por ciento, mientras que en América Latina asciende a 17 por ciento.

El informe “Power Lost”, confeccionado por expertos del BID el año pasado, profundiza sobre los costos de las pérdidas eléctricas. Según el estudio, 20 países de los 26 analizados en la región registran pérdidas anuales superiores al 10 por ciento de su producción total de energía eléctrica, en tanto que 12 de los 26 analizados pierden más del 17 por ciento (sin incluir a Haití, cuyas pérdidas se acercan al 50 por ciento de su producción energética).

Para ponerlo en contexto, América Latina y el Caribe perdieron en el 2012 la misma cantidad de energía que produjo la central hidroeléctrica más grande de la región, Itaipú.

Un despropósito.

De esas pérdidas, el 80 por ciento se produce en la distribución y al 2012 representaban entre US$11.000 y US$17.000 millones al año, es decir, el 0,3 por ciento del PIB regional.

Las causas que ocasionan esas pérdidas son muchas. Puede ser la distancia a la que se halla la represa, los cables de transmisión en mal estado, las líneas sobreexigidas por alto consumo, mal control de voltaje, o incluso pérdidas comerciales por mala gestión de las empresas proveedoras del servicio.

Por esto los expertos hablan de “optimizar”  lo que se tiene.

Más obras

Esa es una parte importante del problema de los servicios insuficientes. La otra parte, la más obvia, es que la región necesita invertir en obras. Tanto por necesidad propia de su crecimiento económico y demográfico, como por haberse quedado rezagada con respecto de Asia.

Juan Alberti, autor del trabajo “Pre-Investment in Infrastructure in Latin America and the Caribbean”, publicado por el BID, es categórico: la brecha en América Latina entre el nivel de crecimiento de la infraestructura y dónde debería ubicarse en estos momentos se amplió en las últimas dos décadas.

Y da un ejemplo en infraestructura urbana donde identifica un déficit “particularmente pronunciado” en saneamiento, tanto en lo que hace a agua potable como en cloacas y drenajes para lluvias. “Se estima que el sector de aguas requerirá US$12.500 millones anualmente -casi el triple de la inversión actual- en los próximos 20 años para cerrar la brecha”, cuantifica Alberti.

También el transporte es un punto débil en las grandes ciudades latinoamericanas, que cada vez son más. El tiempo que se desaprovecha por la congestión del tráfico produce pérdidas económicas cercanas al 2 por ciento del PIB.

La región tiene importantes proyectos en cartera y muchos en ejecución (ver recuadro). Pero los expertos coinciden en que se necesitará cómo mínimo US$150.000 millones anuales de inversión adicional a lo que ya se destina para no perder el tren.

“Una cosa es clara: el volumen general de inversion está por debajo de lo que la experiencia muestra es necesario para tener crecimiento sostenido”, dice Goldschmidt del CFI. “La region invierte, dependiendo de los países, en promedio del 2 a 3 por ciento del PIB. Las mejores prácticas internacionales de países en situación equivalente que han conseguido avanzar de forma sostenible y reducir la pobreza han invertido aproximadamente el doble”, agrega.

En la década de 1980 el promedio de inversión en infraestructura en América Latina era de alrededor del 4 por ciento del PIB. Luego cayó hasta el 2 por ciento entre 2007 y 2008, según datos de CEPAL. Posteriormente, el ciclo favorable de las materias primas  ayudó a la recuperación y en la actualidad fluctúa alrededor del 3 por ciento. Pero se necesita un 5 por ciento del PIB.

¿Está la región en condiciones de afrontar ese porcentaje de inversión? ¿Cómo lo va a pagar? Con la baja del crecimiento regional en los últimos cuatro años el BID no es optimista.

“En momentos fiscales complicados lo primero que se reduce es la inversión en infraestructura”, dice Serebrisky, porque es un rubro más flexible que los gastos corrientes en salud o educación. “No somos muy optimistas (sobre el aumento de la inversión)”, agrega. “Lo que propone el BID es mayores esfuerzos para atraer inversión privada”.

El experto considera que hay espacio para sumar al sector privado porque en la región existen importantes masas de fondos que pueden atraerse para este fin: fondos de pensiones, aseguradoras, o el mismo ahorro doméstico. “Hay países con muchos ahorros de fondos de pensiones como Colombia, Chile, Brasil, México, que invierten muy poco en infraestructura”.

Otro tema a tomar en cuenta son los controles gubernamentales sobre contratos y obras y el delicado equilibrio entre transparencia y flexibilidad.

Para Juan Manuel González Bernal, accionista del bufete de abogados de Greenberg Traurig LLP,  en ciudad de México, el desafío consiste en “encontrar un punto medio de asegurar un sistema transparente de contratación, con licitación pública y criterios internacionales de adjudicación, sin tener una regulación contractual rígida” que no permita realizar ajustes en el tiempo, especialmente cuando se trata de grandes obras, que suelen sufrir demoras.

Así se genera “una tensión entre la flexibilidad y la posibilidad de que se abuse y se use (esa flexibilidad) de manera incorrecta”, que es lo que tienen que resolver algunos países.

 

Más y mejor

Cerrando el debate sobre las necesidades regionales, Serebrisky resume que una mayor inversión en infraestructura genera crecimiento “pero no cualquier inversión, la correcta, la que tiene un impacto en la productividad”.

Y Goldschmidt concluye que una política coherente y consistente tiene que contemplar la construcción de obras nuevas donde haya necesidades que no estén cubiertas y también tiene que tomar en cuenta las necesidades de mantenimiento preventivo, operacional, de reingeniería, modernización. “En América Latina hay espacio para las dos cosas”.

Grandes obras que transformarán América Latina

Con sus avances y retrocesos la región crece y despliega cotidianamente un muestrario de obras de infraestructura que ayudarán a transformar la calidad de vida de su población en los próximos 20 años.

Túneles trasandinos. Paso de Agua Negra y Corredor Bioceánico Aconcagua. Unirán Argentina y Chile. Servirán para dinamizar la salida de productos desde los países del Atlántico de Sudamérica hacia el continente asiático, sin pasar por el Canal de Panamá. Los pasos existentes en la actualidad son insuficientes y sus opciones, el Canal por el norte y el estrecho de Magallanes por el sur, son alternativas costosas.

Represas. Brasil construye la que será la tercera represa más grande del mundo: Belo Monte, sobre el río Xingu, en la Amazonia.
La obra es parte de un proyecto que contempla la construcción de 60 represas en la cuenca del Amazonas a lo largo de 20 años. El costo estimado  supera los US$13.000 millones y la presa tendrá una capacidad instalada de 11.233 MW. De terminarse para el 2019, aportaría el 40 por ciento de la electricidad de consumo doméstico en Brasil.
Argentina ya dio luz verde a los proyectos Chihuidos, Cepernic y Kirchner, los tres en la Patagonia, que aportarán 2300 MW al estrangulado parque energético nacional.

Interconexión eléctrica centroamericana. El SIEPAC, en avanzado estado, vinculará las redes de electricidad de seis países de América Central mediante una línea común de transmisión eléctrica regional, reduciendo así los costos y aumentando la confiabilidad del servicio.

Gasoductos. Varios gasoductos se están tendiendo en distintas partes del continente. El más recientemente licitado unirá el norte de México con Estados Unidos. En obra ya están el Gasoducto Sur Peruano, que recorrerá 1.134 km. y el Juana Azurduy, que unirá Bolivia con Argentina. Éste se unirá a otro de gran envergadura, el NEA, de más de 1400 km, que abastecerá de gas a seis provincias del norte argentino.

Fibra óptica. El Seabras-1, un cable submarino de fibra óptica que une Sāo Paulo con Nueva York, para aumentar los servicios de banda ancha en América Latina.

Proyectos que se suman al Canal de Nicaragua, otras represas, nuevos aeropuertos, trenes subterráneos y carreteras.

Élida Bustos informó desde Buenos Aires.